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LA GRUTA


La oscuridad chilla y retrocede asustada ante el sable de luz que la hiere. El muchacho, descalzo, desmelenado, mugriento de tantas primaveras clausuradas sin llegar a su esplendor, camina a tientas por las enormes habitaciones de la casa.. Una a una, sin prisa, sin tiempo, va desenrollando las persianas y abriendo de par en par las ventanas. La luz inunda y devora los remolinos de oscuridad que atemorizados se esconden por los rincones.

El muro resiste sabiéndose vencido de antemano. Las grietas que aparecen en su vientre no dejan lugar a dudas. La lluvia  no cesa. El agua ya no quiere más muros protectores; ha parido una fiera salvaje que en sus entrañas ruge. El viento sopla con fuerza, excitado por los acontecimientos que se avecinan...
El muchacho descubre una sonrisa en su rostro. Su cuerpo comienza a moverse, ¡quiere bailar!. Da vueltas, cae, se levanta y vuelve a dar vueltas. La risa asoma una canción sagrada a la Esperanza. Todos los sinsabores se van disolviendo confundidos en el gesto liberador que descorre el velo...
El muro que se rinde y se desploma, destrozado a manotazos por el agua salvaje. El paisaje se inunda. Cuando se rompe el control sólo nos queda la fe y la confianza.

Era una mañana hermosa, azul, quieta, transparente. El viento, el ruido de
las olas al acariciar la arena, los chillidos de gaviotas dispersas, olores como llaves remotas que abren paisajes inaccesibles a la razón, el acantilado majestuoso inclinado reverentemente frente al Mar...
Podía percibir con claridad cómo cada célula de su cuerpo esbozaba una sonrisa. Ahora, por primera vez podía ver  con claridad la Hermosura que lo rodeaba. ¡Y siempre había estado ahí!, y sin embargo, ¡cuánto sufrimiento innecesario para abrir los ojos al goce de vivir!. ¿Innecesario? parecen preguntar unas nubes al fondo, y los recuerdos comienzan a brotar de su memoria.

Mi hermano y yo éramos inconscientemente felices. La vida nos brotaba a borbotones y nos llevaba a encaramarnos a las copas de los árboles para observar los nidos o a revolcarnos en los charcos y cubrir de fango nuestra desnudez.
Un día mientras correteábamos por la falda de una montaña una hendidura oscura que resaltaba en ella hirió por primera vez nuestra inocencia. Las células de nuestro cuerpo, a coro, gritaban: “¡no os acerquéis a esa oscuridad; el precio que tendréis que pagar por querer saber es la confusión y la pérdida de la inocencia. ¡Seguid jugando, en este hermoso valle no os falta de nada!. ¡No escuchéis la oscuridad de la grieta!. ¡Huid ahora que todavía estáis a tiempo!.”
“¡Oh, acercaos un poco más mis valientes niños! –susurró la grieta-. ¿Sabéis por qué ese coro de voces os invita a alejaros de mí? Quiere manteneros esclavos, quiere vuestra ciega obediencia y para ello os encadena a una  inocencia que perpetúa eternamente vuestra niñez. ¿Queréis crecer? El camino pasa por mi oscura puerta, ¿no tendréis miedo, verdad?”
Nos miramos un instante a los ojos, después miramos el hermoso valle que nos rodeaba, la misteriosa grieta que nos invitaba a pasar, y de nuevo la mirada cómplice del otro. Con una leve inclinación de cabeza nos pusimos de acuerdo. La grieta sonreía con su boca oscura.

La oscuridad era tan densa que no  podíamos vernos los pies al caminar. Íbamos embelesados, extasiados por la brillante oscuridad que nos envolvía, y, a la vez, por primera vez cautos. “Sólo un poco más –me decía- quiero descubrir qué es esta oscuridad; sólo un poco más y después regresamos”. “Vamos, hermano, avancemos un poco más”. Con un leve apretón de manos asintió.

En la oscuridad fuimos dejando a jirones la inocencia. En el valle solíamos jugar a “perdernos” sabiendo que no podíamos porque el corazón siempre nos llevaba de regreso “a casa”. Ahora, palpando el fondo de este  mar oscuro, el corazón fue enmudeciendo presa del miedo o de puro descontento.

Había pasadizos por todos lados. Olía a cerrado. Nuestro ánimo se fue haciendo cada vez más sombrío. “¡Está bien, esto es la oscuridad que anunciaba la grieta!. La promesa de crecimiento que nos hizo no es otra cosa que andar perdidos, con los pies doloridos y el ánimo pesado como las manos de un muerto que se niegan a tomar un gramo más de vida.”
- Volvamos, hermano. Echo de menos la luz y el jolgorio del valle. Mi corazón se ha ocultado en la tristeza y mi ánimo está sombrío. Si en esto consistía crecer...¡yo no quiero crecer!
- Sí, vamos. Detesto este lugar que huele a mariposas disecadas.
Giramos. Volvimos sobre nuestros pasos tratando de alcanzar la otra grieta, la puerta que anunciaba la luz familiar de nuestro querido valle. Anduvimos no sé cuánto tiempo con el ánimo tenso, expectante.
No resulta fácil orientarse en la oscuridad con el corazón cerrado. La irritación como un enjambre de avispas hambrientas picoteaba nuestra determinación de continuar hasta encontrar la salida.
- ¿Por qué tuvimos que entrar?
- ¡Tuvimos que entrar! –dije con tono irritado- ¡tuvimos que entrar y ahora tenemos que salir!, ¡venga, no te pares! – y fingiendo un tono más amable- cuando salgamos nos reiremos de lo lindo –las palabras salían, sin embargo, de una forma que no infundían ánimo sino que añadían un matiz de desaliento-.
- ¡Estamos perdidos!, ¿no te das cuenta?. ¡Estamos perdidos de verdad!, esta vez no es un juego.
Me quedé en silencio sopesando las palabras de mi hermano...Sí, estamos perdidos –pensé-.
- ¿Y ahora qué haremos? –me preguntó-.
- Vamos a descansar. Es inútil entregar nuestras reservas de energía a esta oscuridad voraz que engulle nuestros pasos sin permitir que alcancemos su frontera.
- ¡Tengo frío!. ¡Tengo miedo!
- Confía. Mientras descansamos, algo ocurrirá que nos ayude –yo también sentía frío y estaba asustado-. Antes de caer rendido por el sueño me escuché pensando: “Luz del valle, ilumínanos para que podamos transitar sin traicionarnos del todo este laberinto tan oscuro”.
Esa noche tuve sueños extraños: cuerpos informes que caían por abismos oscuros, risas grotescas que se burlaban de nuestra luz escondida, máscaras de oscuridad brillante trenzadas en multitud de colores estridentes..., empujones, habitaciones cerradas atestadas de cuerpos humanos agitándose...
- ¡Despierta hermano!, tenemos que seguir nuestro viaje.
-¿Qué...qué pasa? Oh, está oscuro...¡no ha sido un sueño!
El cuerpo me pesaba. Me sentía nervioso e irritado...confundido.
- ¿Qué vamos a hacer? –prosiguió-.
- Lo único que podemos hacer. Seguir adelante.
Andamos en silencio un tiempo interminable. Pasadizos a la derecha, a la izquierda; a veces ascendían para descender un poco más allá. “¿Estaremos dando vueltas en un laberinto circular?, ¿cómo saberlo?”
Al filo de la desesperación alcancé a comprender que mientras mayor era mi determinación de escapar a esa siniestra oscuridad que nos asfixiaba, más nos adentrábamos en sus entrañas. Imaginé escenas de peces prisioneros en oscuras redes que se resistían a ser arrancados de su inmensa fuente, y mientras más se retorcían y empujaban y saltaban... más enredados quedaban en su destino fatal. “¡Quiero salir de esta oscuridad!, pero ahora sé que para salir tengo que entrar sin reservas, entregándome totalmente a ella. Confío en que mi luz no se apague del todo y me oriente en el camino de regreso”.
Así transcurrió lo que nos pareció una eternidad cuando, al filo de nuestra resistencia física, nos pareció oír un vago rumor de voces apagadas por la lejanía. Parecían proceder del este. Nos orientamos, ansiosos, en esa dirección hasta toparnos con una maciza pared que arrancó de cuajo el brote de esperanza que recién nos crecía. Como náufragos que sacan sus brazos del mar para ser vistos por el barco aún lejano, manoseamos la pared palmo a palmo con manos trémulas, negándonos a quedar sepultados por el desaliento. Al cabo de un intenso tiempo mi hermano gritó:
- ¡Aquí, aquí hay un pequeño túnel!, ¡escucha!, las voces proceden del otro lado. Es pequeño y estrecho pero creo que arrastrándonos por él podemos acceder a una nueva oportunidad.
Me asomé por donde mi hermano señalaba. “Sí –calculé- después de atravesar unos metros de angustiosa estrechez podemos acceder al otro lado”.
- ¡Yo entraré primero! –dijo mi hermano con determinación- si me quedo aquí esperando me va a estallar el corazón.
Cuando salí vi a un extraño grupo de personas que ataviados con máscaras y extravagantes ropajes agasajaban a mi hermano y me ofrecían la bienvenida con extraños movimientos. Mi hermano me miraba sonriendo con complicidad. ¡estamos salvados!, parecía decirme.
La sala era inmensa, con un techo natural muy elevado del que colgaban numerosos focos de colores que proporcionaban una luz brillante y variada que yo percibía como una mala copia de la luz que habitaba en mi anhelado valle. Alrededor de la sala en la que estábamos había otras salas más pequeñas que se comunicaban con otras superiores a través de escaleras excavadas en la roca. Por todas partes iban y venían personajes escondidos tras sus máscaras grandiosas; todos parecían tener prisa y todos hablaban  a la vez sin cesar, , sin que nadie pareciera tener el tiempo suficiente para escuchar.
Nos tomaron en brazos con metálica delicadeza y fuimos pasando de uno a otro hasta que de improviso fuimos lanzados a un estanque oscuro de agua helada. La respiración se me congeló, pero tuve reflejos suficientes para esconder en lo más profundo del pozo de mi alma la luz que me había traído del valle. Instintivamente salí a manotazos del agua. Un coro de personas nos esperaban con sonrisas pintadas en sus rostros. Nos secaron y pusieron uno de sus extraños ropajes. A mi hermano le colocaron una túnica brillante; en el pecho tenía un dibujo bordado de una luna y un sol que se peleaban a bastonazos. Detrás tenía bordado un camino estrecho, perdido entre montañas.
Vi su rostro por última vez antes que le pusieran la máscara que habían elegido para él. Estaba como adormecido. “¿habría apagado su luz el agua helada del estanque?” –pensé-. La máscara que le pusieron tenía la forma de un libro abierto lleno de jeroglíficos, enigmas, tachaduras, frases llenas de sabiduría, fórmulas incomprensibles y conjetura diversas.
No me gustó lo que vi. Mi cuerpo se tensó como una vara. Luché y me resistí hasta agotar hasta la última gota de mi reserva de energía. Todo fue inútil. El multifacético grupo me atenazaba con gestos férreos que pretendían simular hospitalidad. Me colocaron la túnica; en el pecho tres puntos dorados entre paréntesis; en la espalda un signo negro de interrogación. Vi mi máscara, frente a frente, antes de que me la colocaran: angustia y miedo escondidos en una sonrisa seductora y evasiva, ojos soñadores que anhelan un hartazgo imposible. Una vez que la fijaron a mi rostro sentí con horror cómo le crecían tentáculos que se adherían por dentro a diferentes zonas de mi cuerpo. Un tentáculo se hundió en mi barriga y comenzó a chupar la energía de mis impulsos. Otro se enganchó a mi pecho y comenzó a succionar la energía de mis afectos. Otro en mi garganta y comenzó a controlar lo que debería o no ser expresado –realmente me hacía daño ese tentáculo, trataba de toser, de escupir, de gritar...todo inútil-. El último se hundió en mi cerebro y comenzó a nutrirse de mi energía mental –por momentos iba notando como me iba costando cada vez más expresar mis propios pensamientos, y sin embargo aparecían pensamientos extraños al servicio de los planes de la máscara. Ésta, con la energía que me iba robando se iba poniendo más y más brillante. Afortunadamente pude conservar el punto de luz arrojado en el fondo de mi alma, donde no llegaban las extremidades de mi “nuevo rostro”.

Y de esta forma comenzó mi exilio en la oscuridad. Al cabo de no mucho tiempo, mi cuerpo se convirtió en un campo de batalla. Por un lado los tentáculos iban creciendo más y más, absorbiendo cada vez más energía para realzar la brillantez de la máscara; por otro lado, la semilla de luz que mantuve enterrada en el fondo inaccesible comenzó a germinar y a extenderse muy lentamente, de forma imperceptible pero implacable. Yo me sentía desconcertado, confuso, a veces aterrado, a veces confiado... Había temporadas enteras en que me dedicaba a fingir sonrisas y amabilidades para usurpar la energía de otras máscaras en beneficio del brillo de la mía. También escondía entre canciones y risas el miedo a desaparecer infiltrado en cada poro de la máscara. Durante estas épocas no podía permanecer parado. Continuamente fabricaba impulsos que me propulsaran a futuros festines. Despreciaba lo que el momento me traía por considerarlo migaja de la comilona que me esperaba sólo un poco más allá, siempre un poco más allá. Durante otras épocas, sin embargo, podía ver lo absurdo de este juego insensato. Buscaba aislamiento y me dejaba caer en un dolor que achicharraba-y como supe más tarde allanaba el camino para la expansión  de la luz -. Durante este tiempo observaba el comportamiento de las personas que me rodeaban y me sentía extranjero, condenado a vagar eternamente en el exilio, sin vislumbrar una salida que agujereara la inmensa oscuridad que percibía.
Recuerdo bien el día que, escondido entre unas piedras y observando lo que hacían los demás, tomé la determinación de salir de ese circo infernal al precio que me costara. Vi una persona prisionera de una máscara que tenía la forma de un maletín abierto lleno de billetes. Llevaba muchas bolsas en la mano. Avanzaba cinco o diez metros, miraba a un lado y a otro desconfiado; gruñía amenazador por si acaso y volvía a recoger otros bultos que había dejado atrás. Repetía la operación tres o cuatro veces hasta que todas sus pertenencias se habían acumulado en el nuevo lugar. Resoplaba, se volvía a agachar, cogía  todos los bultos que podía y repetía la operación. Sentí compasión por esa persona. Recordé una frase de Jean Paul Sartre: “el hombre es una pasión inútil”. ¿Por qué gastar el tiempo de vivir en preocuparse y afanarse por cargar aquello que tendremos que dejar cuando partamos?
Otra persona con una capucha negra llena de lunares dorados avanzaba con un enorme saco. Miraba continuamente al suelo y de vez en cuando se agachaba y cogía un tipo de piedra , que al parecer valoraba mucho por lo que reía y bailaba cuando la encontraba. Seguía caminando hasta que descubría otra. Parecía satisfecha. Miraba de soslayo, con altivez, a las otras personas con las que se encontraba. Ella sí tenía un proyecto que daba sentido a su vida; cuando tuviera el saco lleno... Lo que me sorprendió fue que una de las veces que se agachó para incorporar una nueva adquisición, dejó el saco en el suelo y se entretuvo valorando algunas piedras de alrededor. Cuando se incorporó lo cogió al revés y al andar las piedras se iban esparciendo por el suelo. Esta persona seguía avanzando como sonámbula, sin darse cuenta. Cuando se volvía a agachar y se percataba de lo que había pasado se quedaba sentada en el suelo; lloraba y se tiraba de los pelos. Al rato se volvía a incorporar y comenzaba a regresar el camino andado para recuperar sus “preciosas piedras”. Y así una y otra vez.
De esta forma, escondido entre las rocas, pude ver con claridad que estábamos prisioneros en esta cueva. Éramos pilas que manteníamos en funcionamiento este juego sin sentido al precio de nuestra propias vidas.
A lo lejos vi llegar a mi hermano con su máscara de libro abierto. Iba recogiendo datos del entorno y anotándolo en una libreta oscura y gastada. A veces se detenía y tras una profunda reflexión gritaba una palabra y, satisfecho, la apuntaba apresurado . Me acerqué a él.
- ¡Hola, hermano!
- ¡Hola!. No te preocupes todo está bien.
- No, todo no va bien. Ya no aguanto más. Nada de lo que veo tiene sentido. Me marcho. No se aún cómo pero me voy, ¡eso seguro!
- Ya lo había previsto. Te veía muy raro últimamente. No te preocupes. Lo tengo todo anotado.
- Entonces...¿nos vamos?
-¡Claro!, ¡mira!, llevo anotado todo en mi libro. Siguiendo mis anotaciones podremos encontrar la salida. Tan sólo me faltan un par de datos y confirmaciones para terminar de configurar el mapa de esta caverna.
- Sí, eso mismo me dijiste hace ya tiempo.
- ¡Pero ahora es verdad! –me dijo irritado, conteniendo apenas el grito-. ¡Mira!, te lo demostraré. Según mis cálculos tenemos que salir por aquí, a la derecha.
- A la derecha hay una pared. ¡Mírala!, ¡deja de mirar tu libreta!
- ¡No, imposible!. Según mis cálculos –y te aseguro que los he repasado minuciosamente- debe haber un pasadizo que nos lleve a esta zona. ¡mira! –me dijo señalando un punto en su mapa-.
- ¡No quiero mirar tu libro. Miro esta pared que es más grande y sólida que tu maldito libro! Por aquí no podemos pasar. Ven. ¡Tócala tú mismo!
- No entiendo...¿qué ha podido fallar? Tengo que repasar de nuevo todas las variables...
- Recuerdas el día que llegamos?
- Sí, lo tengo anotado.
- Cuando fui arrojado al estanque escondí el punto de luz que traíamos del valle.
- ¿El punto de luz?, ¿el valle?
- ¿No recuerdas el valle?
- Sí...bueno...Lo anoto: punto de luz, valle.
- ¡Ah!, ¡ahora lo veo claro!, ¡gracias hermano por inspirarme! No tengo un plan minucioso que nos garantice cada paso que tenemos que dar desde aquí hasta la salida, pero la luz que escondí ha ido creciendo dentro de mí y puede iluminar el siguiente paso a través de la oscuridad. ¡Ven, mira! –lo llevé a una zona retirada de los focos- ¿ves? la oscuridad se va abriendo paso a paso.
-¿Paso a paso? Bueno sí...lo anoto...paso a paso.
- ¡Mira!, ¿ves? Ahora el siguiente paso es adentrarnos en la oscuridad por aquí. ¡Vamos, hermano!, nada de esto tiene sentido.
- Sí, claro, aún tengo algunos datos que recoger...pero es la salida lo que busco... paso a paso...principio de la incertidumbre...lo anoto. ¡Vamos, vamos!
Y así, paso a paso fuimos adentrándonos en la oscuridad, alejándonos de la zona “civilizada”. No llevábamos andados ni cien pasos cuando escuchamos el rumor de voces agitadas detrás de nosotros.
- ¡Ahora a la derecha, tumbémonos dentro de esta grieta!
Vimos pasar a los centinelas con focos en la frente, llamándonos por nuestro nombre impuesto con tono estudiadamente conciliador: “¡soñador!, ¡marino errante!”
Mi hermano me susurró:
- Son los centinelas. Alguna vez me han rescatado  cuando me alejé en la oscuridad en busca de datos relevantes que anotar en mi libreta.
- ¡Ahora, rápido. Unos pasos adelante! ¡Y ahora tumbémonos, mira a la izquierda, entremos por ese agujero !
Y de esta forma, tropezando, levantándonos, agachados, corriendo, arrastrándonos...fuimos avanzando en medio de la oscuridad entregándonos con fe al siguiente paso, hasta que, de improviso, llegamos a lo que parecía ser el final de la cueva. Un enorme agujero negro, un abismo infinito nos detuvo de un zamarreón . Mi corazón proyectaba un delgado chorro de luz que se perdía en la inmensa oscuridad del abismo voraz que nos invitaba a un salto mortal o a correr de regreso asustados como conejos.
- Mi libro nos llevó a una pared y tu maldita luz nos ha traído a la inmensa boca de este gigante dormido. ¡Ve comprueba!- dijo con ironía- ¡no podemos seguir!
En este momento comenzamos a escuchar de nuevo las voces de los centinelas:
- Deben estar atrapados en la orilla del mar que no se puede navegar. ¡Vamos, de prisa!, tienen que estar muy desorientados para haber llegado tan lejos.
- ¿Qué hacemos ahora? –dijo mi hermano con tono derrotado- .Yo confié en ti... no tenemos ninguna posibilidad. Escucha ya se acercan. Regresemos, ya se nos ocurrirá algo. Creo que esta experiencia me ha proporcionado los datos que necesitaba para pulir los defectos del mapa. ¡No mires tan fijo ese horror!, ¿no ves que atrae y atrapa la mirada? ¡Venga, vamos, regresemos!.
- Hermano, sabes que te quiero con todas las fibras de mi ser. Tomé la determinación de seguir los pasos que alumbrara mi corazón.. Y me ha traído hasta aquí, y sigue alumbrando la puerta de salida.
- ¡Pero es un suicidio!, ¿no lo ves?
- No, con esta máscara no puedo ver con claridad. Confío en que la luz del valle me lleve de regreso a su regazo.
- ¡No, por favor!, ¡vuelve con nosotros! Aquí no hay salida a ningún valle. Aquí huele al hedor oscuro de la muerte que anticipa tu entrega innecesaria.
- ¡Adiós, hermano. Te quiero!
Con suma facilidad me desprendí del abrazo que pretendía retenerme. Ya no era dueño de mis movimientos. La luz dentro de mí tenía la suficiente fuerza para mover mis músculos y orientarme donde quisiera.
- ¡Adiós, hermano!
-¡¡Nooo!!!
Me dejé caer. Plomo ardiendo. Mi cuerpo se contorsionaba. Ya no había invitados en la casa y podía despatarrarme. La experiencia era tan intensa que no cabía el miedo a la muerte. Me entregué a las sensaciones: fatiga, mareos, torbellino de imágenes disolviéndose... Sentía como la barriga se me abría y de mis entrañas salía un líquido amarillento y viscoso. Me iba vaciando mientras caía. De vez en cuando se desprendía de mí una intensa nube de ira.
Además la garganta se me iba abriendo y, de nuevo, pude percatarme de lo que me escocía. Apertura. Apertura. Esta era la palabra que brotaba desde dentro. Mi cuerpo se iba abriendo mientras caía y todo aquello que era postizo, que habitaba parásitamente en él, se iba desprendiendo.
Sin saberlo había adoptado la creencia que mi ser tenía un fondo, un suelo desde el que se expresaba. Ahora, cayendo, me daba cuenta que este fondo estaba constituido por  el miedo, la exigencia y todos aquellos sentimientos que trenzaban una frontera imaginaria que no me permitía ir más allá. Ahora el fondo se iba abriendo más y más a otros fondos. Los límites de mi ser están más allá del perímetro de la máscara.
Por otra parte me daba cuenta que la máscara,  necesitaba proyectar un suelo amenazador que me destrozaría; sin embargo yo caía y caía y no recibía el golpetazo anunciado. Esto me ayudó a comenzar a disfrutar del viaje, a vivir cada instante, más allá o más acá del miedo. Y cuando vivimos sin miedo, la vida se convierte en una danza de amor.
Mientras seguía cayendo mi pecho se fue abriendo como cartón piedra ante el empuje salvaje del amor que ya no quería ser contenido durante más tiempo. El ruido de una tos antigua acompañaba el murmullo liberador del amor que se derramaba como una cascada desde mi pecho.
Gracias –gritaban a coro todas las células de mi cuerpo-. Y de pronto, la oscuridad explotó transformándose en la luz serena que alumbraba mi amadísimo valle cada mañana. E inexplicablemente caí en ascenso hasta la cima de la montaña más alta del Jardín.
Las lágrimas caían como frutos maduros que, agradecidos, se entregaban al Canto de Amor que el paisaje cantaba. Mi cuerpo se convulsionaba en una risa imparable y danzaba, danzaba como un loco.
La oscuridad chilla y retrocede asustada ante el sable de luz que la hiere. El muchacho, descalzo, desmelenado, mugriento de tantas primaveras clausuradas sin llegar a su esplendor, camina a tientas por las enormes habitaciones de la casa.. Una a una, sin prisa, sin tiempo, va desenrollando las persianas y abriendo de par en par las ventanas. La luz inunda y devora los remolinos de oscuridad que atemorizados se esconden por los rincones.

El muro resiste sabiéndose vencido de antemano. Las grietas que aparecen en su vientre no dejan lugar a dudas. La lluvia  no cesa. El agua ya no quiere más muros protectores; ha parido una fiera salvaje que en sus entrañas ruge. El viento sopla con fuerza, excitado por los acontecimientos que se avecinan...
El muchacho descubre una sonrisa en su rostro. Su cuerpo comienza a moverse, ¡quiere bailar!. Da vueltas, cae, se levanta y vuelve a dar vueltas. La risa asoma una canción sagrada a la Esperanza. Todos los sinsabores se van disolviendo confundidos en el gesto liberador que descorre el velo...
El muro que se rinde y se desploma, destrozado a manotazos por el agua salvaje. El paisaje se inunda.
Los olores frescos acariciaban mis fosas nasales depositando secretos perfumes en cada poro. Los colores brillantes lavaban mis últimos jirones de oscuridad. Formas hermosas como árboles, plantas, rocas exquisitamente labradas por las manos del Amor me saludaban. El viento excitado me llamaba risueño entre las ramas de los árboles, y el murmullo de los animales entonaban un cántico de bienvenida.
Yo era Jardín, siempre lo había sido y siempre lo sería. Ahora podía saberlo. La oscuridad del interior de la montaña no era más que una ruta de acceso para abrirme a este reconocimiento de forma consciente.
De forma súbita, un intenso sueño se apoderó de mi cuerpo recordándole la fatiga del camino de regreso. Sereno me entregué a sus aguas profundas.
Cuando desperté estaba a la orilla de un inmenso Mar. Era una mañana hermosa, azul, quieta, transparente. El viento, el ruido de las olas al acariciar la arena, los chillidos de gaviotas dispersas, olores como llaves remotas que abren paisajes inaccesibles a la razón, el acantilado majestuoso inclinado reverentemente frente al Mar...
Podía percibir con claridad cómo cada célula de mi cuerpo esbozaba una sonrisa. Ahora, por primera vez podía ver  con claridad la Hermosura que me rodeaba. ¡Y siempre había estado ahí!, y sin embargo, ¡cuánto sufrimiento innecesario para abrir los ojos al goce de vivir!. ¿Innecesario? parecen preguntar unas nubes al fondo.
Comencé a corretear por la playa. Sentía la fuerza de un cachorro y la sabiduría de un anciano que había recibido de nuevo el regalo de la inocencia. A una distancia de unos cien metros vi que un grupo numeroso de personas estaban sentados frente al Mar. ¡Qué bien, compañía!, me dije, y me acerqué a ellos con curiosidad: “¿qué estarán haciendo?”
Cuando llegué a la altura del primero vi que tenía los ojos cerrados. Parecía sufrir intensamente. Gruñía, resoplaba. A veces gritaba “¡No, no!”, moviendo la cabeza de un lado para otro. Me acerqué al siguiente y lloraba intensamente, y también mantenía los ojos cerrados. Fui corriendo de uno a otro, cimbreándolos por los hombros, todos tenían los ojos cerrados. Estaban soñando. Peligros, pérdidas, castigos, abandono, miedo, mucho miedo. Y nadie parecía darse cuenta del esplendor del inmenso Mar que  aguardaba nuestro despertar.
De repente eché a corre en una dirección imprevista. A lo lejos vi a mi hermano sentado. “¡Hermano!”, corrí hacia él, y cuando llegué a su altura pude comprobar que también tenía los ojos cerrados. Su cuerpo se movía imperceptiblemente y murmuraba palabras ahogadas. Me acerqué más a él, fundiéndome en una abrazo, y pude escuchar que decía: “lo tengo anotado, lo tengo anotado”. Lo miré con amor. Los miré a todos con amor sabiendo por primera vez que todos eran mis hermanos. Una voz cantarina dentro de mí dijo: “¡Mira con atención en su pecho!”. Lo hice y pude ver con alegría que un punto de luz iba creciendo imperceptiblemente alumbrando nuevos vericuetos a cada instante.  Todos  tenían este maravilloso punto de luz multiplicándose. Todo el que sueña termina despertando. ¡Gracias, Amor!.

Ahora sentado entre mis hermanos, miro agradecido la belleza que nos envuelve. Los recuerdos se van disolviendo como huellas mojadas por los besos del Mar. ¡Todo está bien como está!. No puedo dejar de mirar la belleza infinita del Mar que nos contempla. Cuando todos estemos despiertos, dice mi voz cantarina, entraremos de la mano en el Amor infinito que nos aguarda.
- ¡GRACIAS!.

 

 

Antonio Gámiz. Psicólogo. Terapeuta Gestáltico.

 
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Concretar la Pedagogía Sistémica desde el ejercicio de la Dirección de un centro educativo

 


El mundo académico de los centros educativos públicos, ya sean escuelas o institutos, muchas veces se encuentra lejos de la posible aplicación y uso de los principios de la Pedagogía Sistémica. Los principios por los que se rige nuestro Sistema Educativo se basan en una serie de jerarquías de leyes, normas y en la preponderancia e imperio de lo intelectual sobre lo emocional y fenomenológico.

 

La cultura de los centros educativos


Esta realidad genera un choque que podemos llamarlo cultural con las corrientes y los entendimientos de la Pedagogía Sistémica. Así no resulta fácil hacerle ver a un profesor o profesora que ante un determinado conflicto, por ejemplo con un alumno aunque puede verse también con otro compañero de trabajo, todos están implicados en el mismo y la solución a éste pasa por asumir el vínculo y la parte que no vemos en el mismo. No, no resulta fácil. Pero esto que aquí se plantea es casi comenzar la casa por el tejado. Para llegar a estos niveles de comprensión hay que empezar por darle un tiempo al profesorado para llegar a darse cuenta de su vinculación con el sistema en el que se encuentra imbricado. La comprensión de los fenómenos con amplitud y profundidad requiere maduración, y la necesidad de la persona-docente de darse cuenta de la necesidad de salirse de la dinámica de culpar lo externo, para empezar a darse cuenta que también forma parte de la relación. En los centros educativos hay una cultura generalizada de poner la mirada demasiado en lo externo sin mirar la relación y los vínculos.

 

La primera estrategia: no etiquetar el proceso de cambio


Desde la Dirección de los centros escolares considero desde mi experiencia que hay que plantearlo casi sin plantearlo, es decir, promover acciones que tengan su sustento en la Pedagogía Sistémica y las visiones de las Propuestas de Bert Hellinger y Angélica Olvera sin hacer explícito que se trata de Pedagogía Sistémica. Las resistencias son muchas y en el mundo académico el etiquetado es una de sus labores más repetidas y perfeccionadas, por lo tanto partamos del principio de evitar las etiquetas, así que planteemos desde las direcciones escolares acciones relacionadas con estos principios sin declarar explícitamente de qué se trata. Por poner un ejemplo, este curso 2010-2011, lo empecé con una sesión de recibimiento al profesorado nuevo. El encuadre ha sido diferente de lo que hasta el momento se ha ido realizando en mi centro. Para empezar es que nunca se habían hecho actividades de recibimiento grupal y específico al profesorado nuevo, y mucho menos con el formato de ponernos en círculo y partir del cómo nos sentimos y con qué expectativas venimos al centro.


El resultado fue excelente y nadie se enteró que se trataba de poner en marcha algunas ideas sugeridas por la Pedagogía Sistémica, dando espacio a los que llegan por primera vez y teniendo presente antes a la persona que al profesional.


Así pues el desarrollo es lento si queremos ir en la dirección de poner en prácticas acciones que materialicen la Pedagogía Sistémica en los centros educativos. Se trata de un proceso lento y con una intencionalidad que vaya más al subconsciente de la colectividad que un hecho explícito que puede generar resistencias innecesarias. El convencimiento provendrá más de la ósmosis o contagio que de la imposición aunque sea razonadamente, y es que como ya sabemos la información viaja por sí sola aunque el tiempo no sea el que más nos gustase.

 

El centro como extensión del sistema familiar

La familia, en palabras de Angélica Olvera, y los sistemas humanos por extensión, tienen la condición significativa en el comportamiento de sus componentes de dirigirse hacia la supervivencia.


Lo que aprendimos en la familia nos lo llevamos como “equipaje” para la vida, así en un centro educativo todo comportamiento tiene como finalidad última la supervivencia del grupo, en este caso la institución. Es anti-evolutivo que los miembros de un colectivo se comporten con la intencionalidad de la autodestrucción, carece de fundamento desde el punto de vista de la pervivencia de la vida. Así muchos comportamientos en los centros educativos pueden llegar a chocarnos porque aparentemente no están aportando nada al buen discurrir de la institución, sin embargo la Pedagogía Sistémica permite darnos herramientas para ampliar esa forma de ver los comportamientos humanos. Una acción aparentemente molesta y contrapuesta a las directrices de un Equipo Directivo por parte de cualquier miembro de la Comunidad Educativa puede interpretarse de una manera bien distinta si tenemos presente los principios básicos de la Pedagogía Sistémica, como el que todo el centro en sí mismo es una totalidad y cada uno de sus elementos se encuentran vinculados y unidos por hilos invisibles basados en relaciones que la mayor parte de las veces son condicionadas subconscientemente por nuestro bagaje familiar.


Es fácil darse cuenta que en la mayoría de los casos profesores o personal de administración y servicios que trabajan en los centros educativos, en su conflicto con la autoridad del director hay un paralelismo en el conflicto con las figuras parentales, pues todos somos hijos de un padre y de una madre y nuestro aprendizaje a lo largo de la vida nos ha llevado a cristalizar una forma de relacionarnos con ellos, que se extiende a nuestras relaciones con cualquier forma de autoridad. Tener esta herramienta nos confiere a los directores y directoras una posibilidad para trascender los conflictos y entrever vías de solución alternativas a la confrontación y al enrarecimiento del clima del centro.


De alguna manera, con esta visión, cualquier directivo, desde la perspectiva de la dirección escolar, puede reubicarse en el lugar que le corresponde con una visión del otro más compasiva, más comprensiva.

 

Conclusiones


En el ejercicio de la dirección escolar debemos tener presente la cultura del centro en el que nos encontramos, y si pretendemos un cambio teniendo presente nuevas tendencias en las que lo emocional cobra una gran importancia, hay que empezar por un trabajo que se centre más en la acción que en la palabra, que tenga en cuenta al otro con una forma de verlo que sienta que forma parte de la institución. Las actividades encaminadas a tener al otro en cuenta son la luz del camino a seguir.


El paralelismo familia-centro es como la relación de un negativo y su fotografía, de uno sale el otro aunque con sus matices de color y contraste. Con ello nos podemos sentir en la confianza de que quizá, otra forma de hacer dirección es posible.


Autor: Israel Mirabent Martín.
Israel Mirabent Martín es Director del IES San Juan Bosco en Jaén, miembro colaborador del Aula La Montera en Sevilla. Máster y formador en Pedagogía Sistémica en La Montera y con formación en Psicoterapia Gestalt y Psicoterapia Integrativa SAT.

 
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CONSTELACIONES:  DESCUBRIMIENTOS EN LA FAMILIA INTERGENERACIONAL


Ángel Martínez Viejo. Psicólogo. Formador del Aula La Montera (Sevilla)

 

En 1999 Silvia Kabelka comenta con Joan Garriga, director del Institut Gestalt de Barcelona, que un psicoterapeuta alemán está impactando con su brillante y controvertido trabajo en el mundo psicoterapéutico germano parlante. Se trata de Bert Hellinger (n. 1925), un ex-sacerdote que a edad madura se inclina por la psicoterapia y que, reuniendo una amplia formación, llega finalmente a la terapia familiar. En los años ochenta del pasado siglo desarrolla su propia terapia familiar con los grupos con los que trabaja, “descubriendo” un método realmente sorprendente y espectacular: las constelaciones familiares.


Joan Garriga, interesado por las constelaciones, decide contactar con Hellinger y organizar un curso en su centro. Llama a sus íntimos colegas Ramón Resino (Sevilla) y Luis Fernando Cámara (Vitoria) para acompañarle en esta presentación, y junto a varias docenas de participantes están presentes en este primer contacto con Bert Hellinger en España. Ninguno de ellos podía imaginar en esas fechas que ese curso era el inicio de una extraordinaria difusión de las ideas de Bert Hellinger, con una rapidez desconocida en psicoterapia desde los tiempos del psicoanálisis. En el año 2000 Hellinger imparte con éxito un nuevo curso en Sevilla, de la mano de La Montera, y en 2001, en el primer Encuentro Internacional de Toledo, reúne ya a 500 personas procedentes de distintas zonas del mundo. En apenas una década se han multiplicado en España e Hispanoamérica los centros y el número de terapeutas que aplican y enseñan las constelaciones familiares. Los cursos de Bert Hellinger se imparten por todo el mundo y concentran a cientos, miles de persona. Sus primeros discípulos, alemanes en su mayoría, comienzan a ser reclamados desde otros países dada la dificultad para que Hellinger acuda a todos aquellos lugares que lo solicitan. Primero el boca a boca, después los libros de (y sobre) Hellinger y finalmente la promoción de los centros y profesionales provocan el interés, no sólo de los psicoterapeutas, sino también de otras disciplinas de la ayuda: las constelaciones empiezan a aplicarse en el mundo educativo, en las empresas, en las cárceles, en ámbitos sanitarios...

 

¿Qué sucede con Bert Hellinger y sus constelaciones? ¿Qué provoca este interés, incluso fascinación, por su trabajo? Con anterioridad, desde los años cincuenta del siglo XX, otros terapeutas ya habían descubierto las enormes influencias de la familia y sus implicaciones en las dificultades que llevaban a las personas a un tratamiento psicoterapéutico, aplicando esta perspectiva (llamada sistémica) en la búsqueda de soluciones. Pero nadie ha mostrado como Hellinger la evidencia de dicho ascendente familiar, revelando, gracias a las constelaciones, que durante varias generaciones ciertos hechos importantes de la historia familiar, si no han sido resueltos en su momento, siguen actuando como si acabaran de suceder, incluso en hijos y nietos que nada sabían de esos asuntos. Acontecimientos familiares como niños fallecidos a edad temprana, abortos, relaciones violentas, migraciones, parejas anteriores al matrimonio, enfermedades o accidentes graves..., hechos, en definitiva, que cambian el destino de la familia, pueden provocar consecuencias que se “heredan” aun cuando sus protagonistas iniciales hayan fallecido.

 

Las personas que exploran sus propias dificultades desde esta perspectiva pueden encontrar sentido y soluciones a comportamientos y estilos de vida que comportan infelicidad, que los mantenían enredados y cuyo origen desconocían. Muchas de las personas que acuden a psicoterapia saben cómo sería vivir con mayor felicidad, pero incomprensiblemente se sienten impulsados a repetir ciertas conductas que, por el contrario, les hace desgraciadas. Es sorprendente comprobar con qué eficacia las constelaciones ofrecen alivio y salidas a personas con dificultades graves y prolongadas, y cómo frecuentemente éstas asumen con “naturalidad” las conexiones de sus problemas con hechos ajenos a su vida individual.

Bert Hellinger nos habla de un alma individual, regida por una conciencia que se conduce por la búsqueda de la pertenencia a la familia y otros grupos importantes actuales y la evitación de la exclusión de éstos, y de un alma familiar compartida por todos los miembros de la familia, que “organiza” integrando a todos sus componentes (de varias generaciones) en un mismo sistema, e impulsando a que los asuntos irresueltos, que pueden hacer peligrar dicha integración, sean finalmente resueltos aunque para ello sea necesario movilizar a miembros de la familia posteriores a los acontecimientos. El alma familiar se mantiene en estratos inconscientes del individuo organizándose en torno a los Órdenes del Amor.  Las constelaciones revelan estos impulsos inconscientes poniéndolos en su lugar. Es decir, ordenándolos, “colocándolos” en los miembros de la familia que realmente estuvieron implicados, y liberando así al miembro posterior que poco puede hacer con todo eso, más allá de respetarlo. Las mismas constelaciones revelan todo el amor familiar: es el amor de los posteriores el que les lleva a inmiscuirse en los asuntos de los anteriores, a estar disponibles para, incluso, el sacrificio de sus propias vidas (algo muy evidente, por ejemplo, en los hijos que tratan de “arreglar” las separaciones conyugales de sus padres). Se trata, sin embargo, de un amor ciego que lejos de resolver el problema familiar crea un nuevo problema. Es difícil explicar cómo se desarrollan las constelaciones. Es un método muy apoyado en la experiencia que suele provocar emociones intensas tanto en los participantes directos como en los observadores de la sala. Esto hace complicado describirlas sin quedarse “anémico” en la exposición. Básicamente, suele pedirse a la persona que exponga muy brevemente sus dificultades y si conoce en la historia familiar asuntos como los antes mencionados (a veces estos asuntos se descubren en el trabajo posterior). El terapeuta-facilitador ofrece a la persona (o escoge él mismo) que seleccione a varias personas del grupo para “representar” a los miembros de la familia implicados, que son situados en un espacio central de la sala reservado para la constelación (es decir, para la colocación de los representantes). Y aquí es donde surge lo realmente espectacular, e incluso misterioso, de este trabajo: los representantes pueden permitir que les “llegue” información sobre las personas a las que representan. Esto es, estos representantes pueden sentir, respecto al asunto en cuestión, lo mismo que los miembros de la familia implicados en él. Cómo ocurre esto es tan enigmático como sorprendente es que la persona (cliente) certifique la identificación del representante con el miembro de su familia al que representa, o que el propio representante señale algo que no se había dicho antes y que corrobora una historia familiar. En cualquier caso, es arrojada luz sobre el enredo favoreciendo, y también simplificando, la búsqueda de soluciones.

En el primer contacto con las constelaciones puede ser habitual el escepticismo ante estos fenómenos. Sin embargo, la desconfianza suele desaparecer con la sola participación, cuando son experimentados con veracidad y espontaneidad y dan lugar, en muy poco tiempo (comparado con las psicoterapias tradicionales), a soluciones. Un efecto notable de un curso de constelaciones es que los participantes, hayan o no trabajado asuntos personales, se sientan al finalizar más centrados respecto a sus relaciones, sabiendo qué es lo importante y qué no lo es, y orientados por tanto a cómo facilitarlas. Bert Hellinger no se ha dormido en los laureles. No lo hizo al principio de su periplo internacional, cuando venía acreditado por elogios de prestigiosos psicoterapeutas familiares alemanes, y aún sigue incorporando nuevos descubrimientos que desarrollan y amplían el trabajo con constelaciones. Él los ha denominado movimientos del alma y movimientos del espíritu, transformando la inicial labor psicoterapéutica en una ciencia de las relaciones humanas que sigue enseñando por todo el mundo. Actualmente las constelaciones se han incorporado con fuerza al campo de la psicoterapia y están presentes en los cursos de formación de importantes centros de nuestro país. Destacan el Institut Gestalt de Barcelona, pionero, y el Aula La Montera de Sevilla, centro este último que ofrece una formación avalada directamente por Bert Hellinger. Ambos son dirigidos por Joan Garriga y Ramón Resino, respectivamente, introductores de las constelaciones en España y primeros presidentes de la Asociación Española Bert Hellinger.

 
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La Pedagogía Sistémica en La Montera, Aula de Gestalt Para La Psicoterapia y las Artes Escénicas

 

En octubre de 2004, celebrándose el primer Congreso Internacional de Pedagogía Sistémica en el CUDEC, por indicación de Bert Hellinger, recibimos el testigo de Angélica Olvera y Alfonso Malpica, como un gran honor el organizar el 2º Congreso Internacional de PS en Sevilla, coordinado por Ramón Resino y Antonia del Castillo, con el respaldo de La Montera, Aula de Gestalt para la psicoterapia y las artes escénicas.


El 2º Congreso Internacional de Pedagogía Sistémica se celebró en Pilas, Sevilla durante los días 26, 27, 28 y 29 de octubre de 2006 y contó con la participación, además del propio Bert Hellinger, de  maestros y psicoterapeutas de prestigio internacional como Mª Sophie Hellinger, Angélica Olvera, Alfonso Malpica, Marianne Franke-Grisch, Tiiu Bolzman, Stephan Hausner, Mimansa Erika Farny, Mireia Darder, Joan Garriga y Ramón Resino.

Tuvimos el honor de contar con el beneplácito de las autoridades educativas en la presencia del Sr. Delegado de Educación de la Junta de Andalucía D. Jaime Mougán Rivero,  la de varias inspectoras de educación, así como  con  la presencia del Sr. Alcalde del municipio de Pilas que nos acogió.

Abrimos dicho congreso con uno de los aspectos en los que  incide la PS, el origen. Origen  espacial, origen temporal y todas las circunstancias y acontecimientos que han rodeado y rodean nuestra vida y la de nuestros alumnos. No había otra opción, en Pilas, Sevilla, Andalucía, que comenzar con los ritmos ancestrales de nuestra tierra, el cante y el baile flamencos. El espectáculo dirigido por Miguel Villar, fue representado por alumnos de secundaria, los cuales con sus zapateados, llamando a la Madre Tierra, nos remontaron al origen y nos hicieron sentir la fuerza de los antepasados, traerla al presente para no olvidar que forma parte de nosotros, a la vez que vibrar en una misma sintonía las 750 personas allí reunidas de todas las comunidades españolas y de 21 países.

El lema de este 2º Congreso “Familia y Escuela, los raíles de una misma vía, una misma meta” (Figura 1) -acuñado por mi tía Rocío Caracuel Moyano, que fue directora de la biblioteca del Rectorado de la Universidad de Sevilla durante 20 años, refleja el interés de nuestra familia por la educación- representó otro de los aspectos más relevantes de este 2º Congreso  de  PS.

La meta es la educación y los raíles son los límites, sin los cuales es imposible la vida. Remitiéndome al origen de los tiempos, la vida se originó en la Tierra cuando las biomoléculas que forman parte de la misma, se rodearon de una membrana, un límite, que permitió una organización mayor y maravillosa, la célula, el primer ser vivo que habitó la Tierra. Sin la membrana, sin el límite no es posible la vida. Si seguimos el trazo de las líneas de los raíles del dibujo, vemos que completan un círculo, una célula (Figura 2), en el interior hay vida, un ser vivo que necesita el límite de la membrana para saber hasta donde llega él y donde comienza el exterior. La primera línea, el rail interior, constituye el primer límite, el que primero  se encuentra y necesita el niño para desarrollarse y que corresponde a la familia; la segunda línea, el rail exterior, constituye el segundo límite que se encuentra el niño a medida que va creciendo y que necesita para completar su desarrollo y para favorecer el proceso de autonomía personal e integración social, corresponde a la escuela. Curiosamente esta doble línea es la doble capa de fosfolípidos, (moléculas orgánicas)  que constituyen la membrana de las células. Por tanto, la célula nos muestra y nos enseña que, si ella no puede existir sin el límite biológico que representa  su membrana, los seres humanos que estamos formados por 100 billones de células constituyendo un nivel de organización de complejidad mayor, necesitamos, además de los límites biológicos, unos límites ecológicos: familia y escuela.Nos corresponde a los adultos la responsabilidad de marcar dichos límites, dichos raíles, como una contención que  permita a nuestros hijos, nuestros alumnos construir su inteligencia personal y su inteligencia ciudadana.

Me viene una imagen obtenida mientras impartía una ponencia de Pedagogía Sistémica en el Master de mediación familiar de la Universidad de Sevilla, cuando hicimos un movimiento (simulación figurativa no dramatizada) con representantes para la familia y la escuela. Esta imagen, la última de este movimiento fue la de la familia y la escuela, una enfrente de la otra y con las manos y los brazos extendidos, estableciendo un puente, cada una en su lugar, cada una con su sistema de valores, y sin embargo, pudiendo compartir alguno de esos valores necesarios para la educación de sus hijos, nuestros alumnos, confiando la una en la otra y sonriendo. Si pienso en un dibujo para expresarlo, no hay otro mejor para mi que, el de mis “amigos” los fosfolípidos (Figura 3)

De esta manera, la célula, nuestro origen, nos muestra la solución, la necesidad y también la posibilidad de la alianza entre la familia y la escuela.

Para lo cual, la Pedagogía Sistémica se ha constituido en una aliada de primer orden para conseguir dicho objetivo. Nos está mostrando que los primeros pasos para conseguir esta alianza, este trabajar juntos, son los de generar la confianza mutua, es decir que, la escuela confíe en la familia y la familia confíe en la escuela, ya que es la confianza,  la condición básica que propicia el aprendizaje creativo de nuestros alumnos. Y que nos corresponde a los maestros dar este primer paso, respetando profundamente a los padres de nuestros alumnos y sin juicios, con la alianza del mismo respeto hacia nuestros propios padres, desde nuestro lugar de servicio a la vida y a la educación.

A partir de aquí, con el éxito de este 2º congreso, con este impulso, en el Aula La Montera, en diciembre de 2006 se abrió la primera promoción de la Formación en Pedagogía Sistémica, con el enfoque de Bert Hellinger, avalada por el CUDEC, dirigida por Angélica Olvera, coordinada por Antonia del Castillo Caracuel y  que ha contado con un amplio equipo docente: Alfonso Malpica Cárdenas, Angélica Malpica Olvera, Fernando González Ubeda, Lola Campos, Luhé Palma, Marianne Franke, Mª Teresa Castillo, Rupa Beverly Rodriguez, Adela Resurrección e Israel Mirabent. En este curso estamos ofreciendo la cuarta promoción del 1º nivel, Diplomado y la primera promoción del 2º nivel, Master, que culminó en mayo de 2010.

Paralelamente hemos formado un grupo de trabajo, investigación, supervisión y seguimiento: Pedagogía Sistémica, una herramienta para la comunidad educativa, el cual se encuentra en su tercer curso consecutivo.

Hemos participado en cursos de Introducción a la Pedagogía Sistémica organizados por los CEPs de Sevilla, Lebrija y Málaga. También en el Master de Mediación familiar de la Universidad de Sevilla en Sevilla y Córdoba. Desde esta intervención y con el impulso y creatividad de la Dra. Luhé Palma, coordinadora de dicho master y miembro del Instituto de Criminología de la Facultad de Derecho, hemos obtenido la aprobación del 1º Master en Pedagogía Sistémica por la Universidad de Sevilla.


El origen profesional docente de los fundadores de La Montera hace que  hayamos promovido y lo sigamos haciendo, la transmisión y difusión de la PS con la confianza y la ilusión de nuestra vocación de servicio a las generaciones futuras.

Y con la esperanza que algún día pueda ser realidad la celebración del 3º Congreso Internacional de Pedagogía Sistémica, con el enfoque de Bert Hellinger y avalado por el CUDEC.

 

Antonia del Castillo Caracuel
Profesora de Biología en el I.E.S. Miguel de Cervantes de Sevilla
Master en Pedagogía Sistémica y Coordinadora y docente de la Formación en Pedagogía Sistémica en el Aula La Montera